Miro a través de la ventana el sempiterno paisaje yermo de Prespatou, y me coloco las gafas con la vana esperanza de poder llegar a distinguir un detalle, una señal, que me convenza de que vale la pena seguir viviendo. Nada. Siempre la nada.
Nunca pensé que echaría de menos el bullicio de Los Ángeles, yo, que habiendo nacido en Ontario, alcancé las más altas cimas de la popularidad. Cómo odiaba Los Ángeles. Y cómo lo echo de menos ahora.
Hoy se cumplen 15 años desde que anuncié mi retirada. Me retiraron, por supuesto, pero en cualquier caso, tengo que admitir que el Gobierno fue generoso. Cuando sucedió todo, lo primero que pensé fue que el Gobierno nunca dejaría cabos sueltos y que mis días estaban contados. No. Miento. Lo primero que pensé fue que no habría zapatos de mi talla. El primer y fugaz atisbo del terror fue pensar que tendría que ir descalzo el resto de mis días. Supongo que mi mente quiso prepararme para mi increíble futuro dándome pequeños fogonazos de consciencia sobre el monstruo en el que me había convertido.
Pero el Gobierno me había conseguido todo el vestuario con el que podría haber soñado, y a veces me preguntaba de dónde lo habían sacado, o si existe una Agencia gubernamental de costureras para monstruos como yo. Tal vez no fuera el único. Tal vez Marcia estaba igual que yo, en algún recóndito lugar de Alabama, pensando en mí.
Yo sí pienso en ella. Más de lo que mi atrofiado cerebro estaba dispuesto a asumir. Me drogaban, por supuesto, pero se lo agradecía. Mi vida sería mucho más difícil de sobrellevar si tuviera todas mis facultades mentales intactas. Así que cada día me tomaba mi pequeña ración de Soma. Hace dos semanas dejé de hacerlo.
Saludo a Herman, el menonita uniformado que cuidaba de vigilarme los lunes, miércoles y viernes, y me devuelve el saludo. Noto cómo se tensa su cuerpo al verme, pero ya no me preocupa su aprensión. Es un profesional y hace lo posible por no translucir su asco, y yo se lo agradezco.
Ahora estoy en el cuarto de baño, escribiendo esta nota. En cuanto la termine, escalaré a la taza del inodoro, y me descolgaré en ella a través de la cuerda cuyo extremo habré atado a la cisterna. Y tiraré. Tal vez muera ahogado, tal vez acabe en uno de los Grandes Lagos, pero no puedo soportar más este encierro.
La máquina de encoger había funcionado, y el Gobierno no podía dejar que el público lo supiera.
Soy Rick Moranis, y si lees esto, es que estoy muerto.
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