Mi vecino de al lado se ha puesto a hacer una reforma pantagruélica en un piso de apenas 50 metros cuadrados que no acabo de entender. No sé qué sentido tiene un loft de 50 metros cuadrados, eso en muchas culturas se denomina trastero.
Y luego el local de abajo. Vivo en un barrio dominado por un tal Jhon Edwin (sic.), cuyos tentáculos ya abarcan una tienda de alimentación, dos locutorios, una peluquería y una tienda de envío de divisas. Estoy convencido de que es el Starbucks latino, y pretende ahogar al pequeño comercio del barrio a base de saturación para luego cerrar sus locales y quedarse sólo con uno, cuando ya no haya competencia.
Resulta que la irreductible PYME latina del barrio está justo debajo de mi cama. Una peluquería en la que jamás se ha encendido un secador, en la que nunca se ha abierto un bote de champú, que cerrará sin haber cardado un rizo. No quiero pensar que es un negocio tapadera para limpiar el dinero proveniente de la trata de mulatas en la cercana Casa de Campo, así que seré displicente y diré que es sólo un club social en el que se reúnen los dominicanos a charlar de sus cosas y a beber cervezas en lata.
Pero por algún motivo que no acabo de entender, han decidido que ante el empuje del Godfadel Jhon Edwin, deben reformar por completo su "peluquería". Y llevan un mes taladrándome el oído.
Así que cada día me despierto a las 8 de la mañana, en mi afán por no caer en la espiral del parado, y después de desayunar, me pongo delante del ordenador, tabaco en ristre, dispuesto a enviar currículos como si fuera gratis y a hacer cositas bonitas que poder enseñar en público. A las 9 empiezan los taladros en Dolby Surround. Envolventes de cojones. Y tras soltar un bufido mientras miro al techo, me digo que así no hay quien se concentre, y me paso el resto de la mañana tocándome los huevos.
Bien, es posible que sea una excusa, y que no me hagan falta sardinas para beber agua. Pero prefiero pensar que es algo transitorio, y que en cuanto acaben las obras, volveré a ser productivo y por fin encauzaré mi vida por los fértiles caminos del trabajo remunerado.
Aunque sé que no es así. Porque toda la vida, o al menos la mía, no ha sido más que un continuo esperar a que pase una etapa anodina, con la infundada esperanza de que la que viene va a ser la definitivamente cojonuda. Cuando estaba en el instituto, pensaba que en cuanto llegara a la Universidad, todo iba a ser fantabuloso. En la Universidad envidiaba a los que habían terminado la Carrera y estaban haciendo cosas molonas, y pensaba que ya llegaría mi momento. Cuando empecé a currar, tardé poco en hartarme y decirme a mí mismo que en cuanto dejara el curro, por fin iba a desarrollar todo mi potencial. Y ahora pienso que en cuanto terminen las obras, voy a ser la polla.
Pero es que esta vez es verdad.
Clap, clap, clap.
ResponderEliminarcuánto potencial, cojones!
ResponderEliminarLo que cuenta es la intencion, aunque sea en diferido.
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