Pues ya está. Por fin los buenos han (hemos) actuado en consecuencia a nuestra moral bienpensante y han (hemos) salido en ayuda de los inocentes civiles a los que Gadafi ha estado masacrando inmisericorde durante semanas.
Ya era hora.
Y una vez dicho esto, voy a contaros un cuento que no tiene absolutamente nada que ver.
Érase una vez un país muy muy lejano, dominado por un señor que se erigió en salvador de la patria hace decenios y cuya megalomanía y excentricidad hacía que a todo el mundo le pareciera de lo más pintoresco y encantador. Este gran líder se llamaba a sí mismo Zaim, que en lengua vernácula significa gurú, y rey de los reyes de su continente.
Zaim, tras unas primeras décadas en las que se labró la desconfianza del mundo con alguna que otra matanza indiscriminada de sus opositores, contó con el beneplácito de todos los países desarrollados cuando se erigió en el bastión irreductible que serviría de contención contra la marea religiosa que inundaba el continente, proclamándose como garante de las libertades democráticas que tanto gustaban a los mandamases del planeta.
Estos prohombres, si bien sabían que de democrático Zaim tenía bien poco, lo toleraban, displicentes, con sus sardónicas sonrisas, pues sabían que ese engendro vestido con túnicas como el mejor de nuestros abducidos patrios y rodeado de un ejército de amazonas vírgenes era, al fin y al cabo, muy útil a sus intereses.
Pero, de repente, en las lejanas tierras vecinas a Zaim comenzaron a levantarse los campesinos, y rugientes hordas de populacho armado con piedras y palos se fueron aproximando, lentos pero convencidos, hacia los palacios de marfil en los que vivían los tiranos opresores que durante siglos habían aplastado la voluntad de progresar del pueblo llano.
Uno tras uno, fueron cayendo.
Zaim recibía a los emisarios que traían noticias de los reinados vecinos con una sonrisa. Él sabía que su pueblo no se moría de hambre, y que mientras tuvieran un plato de gachas en la mesa, no se levantarían en su contra por mucho que él se hiciera más y más rico y ellos más y más pobres.
Además, contaba con dos cosas con las que no contaban sus recién derrocados vecinos. Su pueblo, que jamás había tenido acceso a las armas de fuego, no tenía nada que hacer contra sus huestes, armadas hasta los dientes. Y lo más importante, disfrutaba del favor de Occidente. Se sabía útil para ellos, y sabía que, de haber algún problema, los hermanos occidentales acudirían en su ayuda.
Su sonrisa confiada se desmoronó y en su cara ajada se dibujó una mueca descarnada de la mayor de las sorpresas cuando uno de sus emisarios acudió a él para decirle que el pueblo se había levantado en su contra y que estaba armado. Armas de fuego de las que ni siquiera disponía el ejército de Zaim, y en cantidades industriales.
Zaim mantuvo la compostura e hizo frente a los rebeldes, sabiendo que, si las cosas se ponían realmente mal, siempre podría contar con el apoyo de los potentados occidentales. Él se sabía en posesión de la verdad y la legitimidad, y su paranoia había sido reforzada durante décadas por las palmaditas en la espalda que había recibido de parte de los Reyes de Occidente.
Mantuvo la frente alta, y plantó batalla a las ratas subversivas que osaban a hacerle frente, no sin un mohín de sorpresa en su acorchado rostro al comprobar la potencia militar que habían adquirido, no se sabe bien de dónde.
El pobre Zaim murió ahorcado. Nunca supo muy bien qué había pasado para que se torciera la situación, hasta que, en un momento de lucidez, justo antes de morir, entendió. Murió, y en sus ojos se reflejaba la sorpresa y la amargura de haber entendido. Había sido traicionado por sus amigos del Oeste.
Sí. Los Reyes de Occidente se habían reunido en sanedrín cuando las revueltas asolaban los países vecinos de Zaim. Sorprendidos ante la magnitud de las ansias democráticas del subdesarrollado pueblo de la zona, decidieron aprovechar la situación.
Hacía ya tiempo que Zaim había dejado de caerles simpático, pero habían tenido que mantener las apariencias porque de sus tierras salían comerciantes que traían especias y piedras preciosas que resultaban indispensables para mantener el status quo.
Pero hacía tiempo que Zaim se había dejado llevar por su megalomanía y había dejado de guardar las medidas básicas de discreción que le habían exigido con tal de dejarle permanecer en su trono.
Así que aprovecharon las revueltas para enviar cientos, miles de armas al país de Zaim. Armaron a los campesinos y destinaron a sus más astutos estrategas a la zona para ayudarlos en la revuelta. El mundo creería que no era más que otra de las democráticas y honorables revoluciones que asolaban la zona, y cuando el mundo estuviera convencido, ellos saldrían a la luz, y acudirían, a lomos de sus albos corceles, para restituir la paz, derrocar al tirano, y establecer - imponer, dirían los más escépticos - una democracia que ofreciera prosperidad al oprimido pueblo.
Zaim había sido ejecutado, y en su trono se sentaba ahora un nuevo garante de los valores de la democracia occidental. Hasta que dejara de ser útil, contaría con el apoyo, la simpatía y las palmaditas en la espalda de todo Occidente.
Fin.
Te mereces que pinche en la publicidad repetidas veces. Es más, estoy por poner el pajarito que usó Homer Simpson para pulsar la tecla "Y" cuando empezó a trabajar en casa para que pulse mil y una veces hasta que se desate un desastre nuclear. Otro.
ResponderEliminarPues mira, justo ahora hay un anuncio con una oferta para quitarte la celulitis que te va que ni pintado.
ResponderEliminarY que, además, está muy relacionado con el texto.
Me flipa este anuncio:
ResponderEliminar"Colocación de piedra
Colocamos y rehabilitamos todo tipo de piedra natural.Euskadi-Navarra".
Aunque te agradezco el consejo por lo de mi celulitis.