miércoles, 9 de marzo de 2011

Orgullo

Hay veces que te crees mejor que los demás. Pero es que hay veces que te sabes mejor que los demás, o al menos, que los demás con los que te estás comparando en ese momento.

Hay veces que sientes que tienes razón, y hay veces que sabes que la tienes, tanto que incluso te permites mirar con displicencia y compasión al pobre mendrugo que osa seguir en sus trece llevándote la contraria. A ti. Nada menos que a ti.

Las más de las veces eres el más guapo, el más listo, y el que mejor folla de todos cuando te rodean.

Pero hay ocasiones, muy contadas ocasiones, en las que no es así. Tal vez se hayan alineado los planetas, tal vez la Luna ejerza una fuerza gravitacional nunca vista y provoque mareas en el agua de tu organismo, o tal vez resulta que ese día te has levantado menos molón que de costumbre.

El caso es que hay veces que ni eres el más guapo, ni el más listo, ni eres mejor que los demás, ni tienes razón. Pero admitirlo sería de cobardes. Tony Soprano jamás lo admitiría, ni siquiera delante de su neumática psicoterapeuta, y si alguien osara a insinuarlo, tal vez consiguiera una participación en el rito de la rótula rota (sí, molas tanto que aliteras).

Así que mantienes la pose, como un Titán, sabiéndote sin ninguna autoridad moral y confiando en que el tiempo y su resaca, ya que no pueden darte la razón, al menos hagan olvidar. Hay una pequeña chispa  que te dice que deberías recular, que no es indispensable ser perfecto, que hay veces que admitir un error te hace mejor. Supones que es lo que llaman conciencia, o humanidad. Pero tú no quieres ser humano, tú quieres ser mejor que eso. Eres mejor que eso.

Y sigues adelante con tu vida, sabiendo que la has cagado, pero confiando en que tu proverbial capacidad para meterte en charcos con tu traje de indiferencia waterproof vuelva a hacer que las gotas de culpa te resbalen one more time.

Y esa noche, cuando te acuestas, no puedes dejar de hacer recuento de gotelé en la pared del techo de tu dormitorio, pero lo achacas a una cena pesada. La mala conciencia no existe para ti, porque eso sería admitir que tienes conciencia.

You don't like yourself. But you do admire yourself. It's all you've got so you cling to it. You're so afraid if you change, you'll lose what makes you special. 

Dr. James Wilson


Post editado ante el aluvión de insinuaciones sobre si suponía una autocrítica. Jamás.

domingo, 6 de marzo de 2011

El tiempo, esa puta

Hace poco terminé de leer 'Matadero Cinco', recomendación de un amigo que utiliza las librerías para ir a ligar y, por tanto, autor de buenas recomendaciones siempre.


La historia del tal Billy Pilgrim remite inevitablemente a ese gran ídolo mainstream llamado Desmond Hume y su capacidad para viajar por el tiempo, pero Vonnegut, autor por descubrir, desarrolla una psicología mucho más profunda que la de su posterior copycat, y nos regala a Billy, un tipo estoico, que asume que es un puto bicho raro que vivió la Segunda Guerra Mundial, que viaja en el tiempo, que ha sido abducido y que está casado con una gorda a la que desprecia.


Su heroísmo salvaje se resume en dos pensamientos que recorren la novela. El primero, el fatalista corolario que termina cada frase en la que se habla de la muerte de alguien: Así fue.


El segundo, una frase de un tal Reinhold Niebhur, utópico socialista primero, feroz militarista intervencionista después: 


Señor, dame la serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar, valor para cambiar las cosas que puedo y sabiduría para poder diferenciarlas.

Hay que tener muchos huevos para ser Billy Pilgrim y asumir que la vida es como es, y que de poco sirve cabrearse, porque los momentos están estructurados como están, y así tienen que ser. Ya llegarán momentos mejores en el futuro, o ya reviviremos mejores momentos pasados, porque no existe el presente.

Hay que tenerlos cuadrados para mandar a tomar por culo el Carpe Diem y el Tempus Fugit porque el Tempus no se Fugit a ningún lado.

Habrá quien lo llame fatalismo y resignación, a mí me parece que si me despertara sabiendo que mi vida ya está vivida y que la reviviré miles de veces, con cada uno de sus momentos ya vividos como se supone que deben serlo, viviría mucho más feliz, aunque sólo fuera porque, qué cojones, sería la prueba de que existe Dios. Y que exista Dios me convertiría en un tipo mucho menos fatalista y resignado, porque, qué cojones, sería un ente trascendente.

Hoy, cuando me he despertado, he tenido un Déjà Vu, y he pensado que tal vez es que acabara de despertar de un viaje en el tiempo. Pero no, luego he caído en que no era más que otro domingo de resaca más.

martes, 1 de marzo de 2011

Eternal toothbrush of the spotless mind

Leyó el folleto de instrucciones detenidamente, como siempre hacía.

Contador de tiempo integrado: Un contador de 2 minutos, que apagará el cepillo durante un segundo, le recuerda que el tiempo recomendado para la limpieza de dos minutos ha expirado.

Se ajustó las gafas al puente de su protuberante nariz mientras pensaba que ya era hora de comprarse unas nuevas. Quizás el sábado por la mañana, después de recoger los periódicos, acudiría a la óptica del famoso francés que animaba a todo el mundo a usar sus lentes con la más brillante de sus sonrisas. Aunque le provocaba desconfianza que fuera él, precisamente, el único que no llevara gafas en sus spots televisivos.

Aplicar una pequeña porción de pasta de dientes en el cabezal del cepillo.

Siempre había odiado las indeterminaciones. ¿Qué era una pequeña porción? ¿Un gramo, dos? Le recordaba a los restaurantes, cuando, al pedir un bistec, el camarero le preguntaba: "¿El caballero lo quiere hecho o al punto?". ¿Qué diantres quiere decir eso? Lo quería hecho, claro. Y al punto, evidentemente.

Se aventuró a colocar lo que sería una pequeña porción de pasta de dientes si es que hubiera una norma ISO que determinara lo que eso significa.

Pulsar el botón de encendido y cepillar la dentadura con normalidad.

Se avergonzaba de su gremio de escritores de folletos de instrucciones cuando se topaba con esas vaguedades. Con normalidad - pensó -, así que no puedo cepillarme los dientes boca abajo. Una risa de hurón silbó entre sus dientes, divertido ante su propia ocurrencia.

Procedió al cepillado, escrupuloso, de cada intersticio de su boca, esperando paciente la vibración que señalizara que había cumplido con su tarea eficientemente. Nunca había llevado reloj, se fiaba más de su capacidad innata de medir el tiempo. Era un reloj humano, y estaba orgulloso de ello. Y también estaba orgulloso de su capacidad para efectuar varias tareas a la vez, así que mientras se cepillaba los dientes, le dio tiempo a envolver el emparedado de atún que se llevaría a la oficina.

Como aún no sentía la vibración, pensó que era un buen momento para recoger la colada del tendedero. Luego la planchó, pensando que resultaba ciertamente incómodo realizar un planchado eficiente mientras con una mano sujetaba su cepillo de dientes.

Vio por la ventana del cuarto de baño cómo el Sol empezaba a calentar su casa, vio cómo llegaba al cénit y cómo se ocultaba de su vista de nuevo. Había quedado una noche preciosa, la Luna llena iluminaba su pálida cara a través de la ventana. Cuando acabe de cepillarme los dientes - pensó - tal vez salga a ver las estrellas un rato.

Le pareció sentir cómo su cepillo eléctrico empezaba a bajar la intensidad de su rotación multi-eje. Se enfureció cuando vio que en el folleto de instrucciones no decía nada de una progresiva disminución de la velocidad cuando llegara el momento de la vibración que marcaba los dos minutos. De repente, el cepillo dejó de moverse.

Indignado, cogió dos pilas nuevas de su cajón de pilas nuevas, las introdujo en el cepillo, y prosiguió con la tarea del cepillado, esperando paciente la vibración.

Mañana lo tiro y compro otro - se decía a sí mismo mientras observaba en el espejo del baño cómo un pequeño hilito de sangre se derramaba por la comisura de su boca -.

Cuando la policía llegó, alertada por las llamadas de los vecinos asqueados por el olor a carne pútrida, notaron cómo en medio del hedor, había un inconfundible aroma mentolado.